Recuerdo esa primera sesión como si hubiera sido ayer. Los focos me apuntaban directamente a los ojos, calientes, implacables, y yo sentía que todo el mundo podía ver cómo temblaban mis manos por dentro. No era solo la luz lo que me incomodaba, era la sensación de estar completamente expuesta, de que cada gesto, cada respiración, quedaba grabada para siempre. En aquel momento no me sentía modelo, me sentía una intrusa que había entrado por error en un mundo que no era el suyo.